
Reflexiones sobre la misión y la identidad del sacerdote Roberto Spataro
Director del Studium Theologicum Salesianum en Jerusalén
“¡Excelencia! ¡Sepa que don Bosco es sacerdote en el altar, sacerdote en el confesionario, sacerdote en medio a sus jóvenes, y como es sacerdote en Torino, así es sacerdote en Florencia, sacerdote en la casa del pobre, sacerdote en el palacio del Rey y de los ministros!” Con estas palabras sinceras y valientes, don Bosco emprende su conversación con Bettino Ricasoli, Presidente del Consejo de los Ministros del Reino de Italia.
Don Bosco, como es universal y afectuosamente llamado, es una de las figuras más luminosas de la santidad sacerdotal contemporánea y la vivencia de los santos es uno de los lugares teológicos que frecuentemente Benedicto XVI valoriza. Me gusta recordar a aquel que se ha anticipado al Concilio [Vaticano II] en un siglo: don Bosco. Él es ya proféticamente un nuevo modelo de santidad por su obra, que está en contraste con el modo de pensar y de creer de sus contemporáneos .
- Un sacerdote educador.
Don Bosco dedicó toda su misión a un deber específico: la educación de los jóvenes. Por este motivo, en ocasión del primer Centenario de su transitus, el Venerable Juan Pablo II le atribuyó el título de “Padre y maestro de la juventud”. Este rasgo de su personalidad no tiene necesidad de ulteriores explicaciones. Es universalmente conocido: don Bosco es por antonomasia el santo de los jóvenes.
Don Bosco realiza su santidad personal en la educación, vivida con celo y corazón apostólico, y que simultáneamente sabe proponerla como meta concreta de su pedagogía. Precisamente tal intercambio entre educación y santidad es un aspecto característico de su figura: es educador santo, se inspira en un modelo santo —Francisco de Sales— es discípulo de un maestro espiritual santo —José Cafasso— y entre sus jóvenes sabe formar un alumno santo: Domingo Savio6 .(Juan Pablo II)
Predicador incansable, catequista eficaz y escritor fecundísimo. Ha sido un apóstol de la confesión y un sostenedor de la Comunión frecuente, además de maestro de oración. Ha guiado a los jóvenes a través de las instituciones educativas por él fundadas, animadas y dirigidas, a través de la práctica de la dirección espiritual. Adolescentes y jóvenes fueron los destinatarios de esta interpretación “educativa” del ministerio sacerdotal. El sintió el llamado a la santidad de don Bosco, sacerdote-educador.
Otro aspecto: su método educativo, el “sistema preventivo”. Aunque no haya sido él el “inventor”, don Bosco lo ha asumido como criterio de su praxis educativa, ha mostrado todas sus potencialidades, ha experimentado su suceso y también lo ha parcialmente teorizado en algunos de sus breves escritos de pedagogía.
“Sistema Preventivo y Derechos humanos”. Los “derechos humanos” aparecen como terreno común de visiones de la vida muy diversas sobre los cuales entablar diálogos y construir la convivencia humana, el “sistema preventivo” de don Bosco ofrece una articulada instrumentalización pedagógica apta para su defensa y promoción.
El sistema preventivo es, de hecho, una síntesis de “razón y fe” o, como decía don Bosco, “razón y religión”. En el momento presente se necesita una tarea de restituir la confianza a la potencia del logos perdido en tiempos del “pensamiento débil” y del nihilismo, reconstruir la conciencia de una “naturaleza humana” portadora de valores no negociables en un mundo en el cual el dominio de la técnica, muchas veces funcional a intereses económicos ocultos, quisiera reducirla a res manipulable.
Don Bosco, sacerdote que tenía en la mira, como sabía decir con el lenguaje religioso del ochocientos, “la salvación de las almas”, experimenta y propone el sistema preventivo en el cual la “razón” es uno de los tres pilares, con la “religión” y la “afectuosidad”. La “razón”, en la que Don Bosco cree como don de Dios y quehacer indeclinable del educador, señala los valores del bien, los objetivos que hay que alcanzar y los medios y modos que hay que emplear. La “razón” invita a los jóvenes a una relación de participación en los valores captados y compartidos. Con comprensión, el diálogo y la paciencia inalterable en que se realiza el nada fácil ejercicio de la racionalidad.
Y don Bosco, que despertaba la simpatía y, a menudo, el apoyo material y moral hasta de los anticlericales de su época, decía que el objetivo final de su propuesta educativa era hacer de cada muchacho “un buen cristiano y un honesto ciudadano”.
- Un sacerdote en oración.
En don Bosco la misión educativa absorbió energías, requirió ritmos de trabajo sin descanso, se desarrolló en acciones prodigiosas. Pero sobre todo Don Bosco así un auténtico místico en la acción. Él es un sacerdote unificado en Dios en el cual no existe dicotomía entre oración y acción ni descuido de la una o de la otra, ni tensiones no resueltas entre las dos dimensiones. En este sentido, es de verdad un modelo para los sacerdotes llamados a crear un equilibrio benéfico entre su vida espiritual y el ministerio al cual se dedican, evitando el peligro tanto del activismo que agota las fuerzas físicas y recursos psicológicos, cuanto el de un espiritualismo desencarnado y compensatorio.
Decía Pio XI: Su vida en todo tiempo era una inmolación continua de caridad, un continuo recogimiento en oración: es ésta la impresión delante a él; había gente que venía de todas partes, de Europa, de la China, del África, de la India, quien con una cosa, quien con otra: y él de pie, sobre dos pies, como si fuese una cosa del momento, escuchaba todo, aferraba todo, respondía a todo y siempre en un alto recogimiento. Se habría dicho que no atendía a nada de aquello que se decía a su alrededor: se habría dicho que su pensamiento estaba en otro lugar y era verdaderamente así; estaba en otro lugar: estaba con Dios, estaba con Dios, con espíritu de unión; pero después, aquí estaba para responder a todos: y tenía la palabra exacta para todos y para él mismo de maravillarse: primero, de hecho, sorprendía y después maravillaba.
La profunda oración de Don Bosco fue alimentada sobre todo de dos fuentes: la Eucaristía y la devoción mariana. Don Bosco es uno de aquellos santos eucarísticos de los que habla el Papa Benedicto XVI. Lo es por varios motivos. Ante todo, el fervor con el cual celebraba cotidianamente la misa, dejando una profunda impresión en todos aquellos que asistían.
El segundo motivo que induce a considerar a don Bosco “un santo eucarístico” es la fidelidad a las normas litúrgicas, que representan una garantía de eclesialidad, porque la Misa no pertenece al sacerdote celebrante, sino a la Iglesia, sacramente vivo del Señor Jesús.
La devoción mariana, tomada de su gran educadora en la fe, su mamá, la Venerable Margarita Occhiena. La devoción mariana se desarrolló en la experiencia espiritual de don Bosco como un recurso de gracia, de esperanza, de fidelidad y de inspiración para el ejercicio de su ministerio sacerdotal y educativo al punto que, al final de su vida, él, repensando en su actividad, exclamó: “ha hecho todo Ella”. Don Bosco es un sacerdote mariano. Pertenece plenamente a su siglo, el XIX, que conoce un extraordinario florecimiento de la piedad mariana, el siglo de la definición del dogma de la Inmaculada concepción, en 1854, de las apariciones marianas, entre las cuales Lourdes (1858) que el mismo don Bosco hizo conocer.

DON BOSCO
El educador y el pedagogo, el padre de los huérfanos y el formador de los niños abandonados, el fundador de una congregación religiosa, el propagador del culto a María Auxiliadora, el instructor de uniones laicales expandidas por el mundo entero, el suscitador de la caridad operativa, el propulsor de misiones lejanas, el escritor popular de libros morales y apologías religiosas, el propulsor de la prensa honesta y católica, el creador de oficinas cristianas y de colecciones de libros, el hombre de la piedad religiosa y de la caridad, y el hombre de los negocios humanos o de intereses públicos, todo junto a un tiempo opera y avanza como si fueran otras tantas personas nacidas o destinadas a ello solo, y se funden en la única persona de un sacerdote sin apariencia, que no descompone jamás la serenidad de su aspecto ni la compostura modesta de su trato con los grandes gestos decorativos, ni enriquece su vocabulario con la retórica de las grandes frases.
(Este testimonio de don Alberto Caviglia (1868-1943) está presentado por P. BROCARDO, Don Bosco profondamente uomo profondamente santo, Roma 2001, p. 125)



