Un pensamiento me viene espontáneamente a la mente cuando experimento en las redes y en la vida de cada día: que lo que se dice o se escribe responde más a lo que me interesa resaltar que al respeto por la verdad.

Luego tomo conciencia de que esa palabra, verdad, ya no es reconocida con un significado propio. Quiero decir que difícilmente hoy alguien se pregunte: «¿Qué es la verdad? Aunque, honestamente, la pregunta no siempre significará auténtica búsqueda del sentido.

En un breve examen de lo que se escribe en las redes, en TikTok, en los feeds y en otras plataformas, uno llega a la conclusión de que, por mucho que se esfuercen, con ayuda de la IA, en parecer que quieren comunicar la noticia de interés, al final es el deseo de los likes y del propio beneficio lo que motiva su intervención.                              

La verdad es fácilmente sustituida por el me gusta; eso es lo que pienso, esa es mi opinión. En definitiva, se ha generalizado la actitud de que la verdad como algo objetivo, permanente, no existe; existe el propio interés, ganancia o conveniencia; lo demás queda para las disquisiciones filosóficas, pero no para la vida de cada día.

La tiranía, la autocracia y todo tipo de imposición tienen su justificante en que eso es lo que yo considero oportuno y tengo el poder para imponerlo. Ya son frecuentes las alertas sobre el sufragio universal, la opinión de la mayoría y cosas semejantes no garantizan lo verdadero.

La verdad auténtica no se encierra en sí misma , se transciende y, en definitiva, nos señala la verdad única y definitiva que es la Voluntad del Padre creador.